Estimados amigos, hoy estoy conmocionada. He recibido en mi consulta esta sorprendente misiva llegada desde sorprendentes lugares. Por favor, leedla con atención:
Querida Srta. Hobbit:
La escribo desde el tomo dos de una novela situada en la balda más alta de esa estantería que uno encuentra al entrar en casa de Jacinto Palacios, a la derecha. Si se sube usted a un taburete que a tal efecto suele haber en las cercanías, verá el libro en cuestión, pegando con el límite de la estantería por un lado y pegándose con La Primera Fundación por el otro: no tiene pérdida.
Me ha recomendado su consultorio un amigo de un amigo que dice que conoce a alguien que una vez asistió a su consulta cuando paraba por la inaccesible Leng: una recomendación de la que, claramente, uno no puede desconfiar.
Acudo a usted pues me aqueja un mal o, más bien, EL MAL.
Cuando pequeñito vivía en un lugar en el que se comían perdices diariamente –les tengo una manía bárbara, como supondrá–. Supongo que, alergias culinarias aparte, fuimos razonablemente felices hasta que aquel señor de negro mató a mis padres. No contento con el magnicidio, el señor de negro se llevó una preciada posesión de la familia y tuve que perseguirle incansablemente a través de libros de aventuras y hasta de ciencia ficción para que finalmente diese un tonto traspiés y cayese de la estantería al vacío literario, una muerte que no le deseo ni a mi peor enemigo.
El caso es que después de aquel incidente las cosas comenzaron a ir bien de nuevo… más o menos.
Del uno al otro confín de la estantería mi nombre comenzó a mentarse precedido o sucedido por el adjetivo héroe. Los niños querían ser como yo, las madres me querían de yerno, no sé, lo típico. Como pago a mis servicios me fue encomendada una gran suma de dinero. Yo estaba encantado… hasta que mi mánager, Vladímir, comenzó a no verlo claro.
Lo primero que me dijo fue que había gente muy pobre, sobre todo en las novelas de Dickens, y que yo tenía unas responsabilidades que no podía ignorar. Por supuesto, como la caridad bien entendida comienza por uno mismo, Vladímir se embolsó también algunos rublos, liras, sestercios y créditos. Tampoco le parecía bien a mi mánager que me diese atracones de comer, ya que en cualquier momento podía necesitar de mi fuerza y mi destreza y si engordaba perdería estos atributos –ni que decir tiene que la destreza y la fuerza no habían sido nunca características de Vladímir, con lo que no había límites a su ingesta–. Aunque lo más duro fue lo de la castidad, Srta. Hobbit. Como hombre de fama interliteraria comprenderá usted que tengo loquitas a panaderas y astronautas, bailarinas y cavernícolas. Pues bien, según Vladímir, lo de ir por ahí saltando de cama en cama no estaría bien visto, sobre todo desde que me vieron asistir a aquel baile con Esmeralda, una gitana parisina de muy buen ver.
Es cierto que de aquella me creí enamorado, pensé que no podría vivir sin ella, que pasaría el resto de mis días penando y todas esas cosas que se dicen. Pero después de algún tiempo, aunque guardo un grato recuerdo de ella, como le diría… al fin y al cabo soy un hombre, tengo mis necesidades, y ya le he dicho, Srta. Hobbit, que las mujeres se me tiran encima como posesas, se me insinúan, algunas me dejan ver el refajo y otras el interior de sus trajes espaciales, y en fin: uno no es de piedra.
¿Qué hago, Srta. Hobbit? Estoy muy confuso. ¿Debo hacer caso a mi mánager, dejar que él siga encargándose de las jóvenes despechadas que expulso de mi alcoba?
Esto de ser el héroe puede ser un auténtico coñazo.
Firmado:
Héroe a mi pesar
¡No me lo puedo creer!… ¿usted es? No, no puede ser… Pero sí, sí que es… usted, usted es… ¡usted es mi héroe desde que yo era una niña!
Oh, oh, por las dos diosas, no sabe qué honor es que usted me escriba a mí, a mi consultorio, es, es, es un placer, un auténtico placer señor Héroe. Espere, espere, deje que me arregle un momento y me quite los rulos, sólo un momento…
Umm… no. No, Lorena, no. Veamos, piensa en tus másters, en tus estudios, tu reputación. Venga, volvamos a empezar.
Ejem, ejem.
Estimado señor Héroe a mi pesar:
Comprendo bien el dramatismo de su caso, sobre todo porque, dadas sus especiales circunstancias vitales, podría parecer que su caso es tal vez único en el mundo.
Pero cierta vez , en un lugar de la meseta de cuyo nombre no quiero acordarme, tuve yo un paciente que pasó por experiencias similares a las suyas. Este sujeto, siendo un hombre sencillo, repleto de bonhomía, que gustaba de las mujeres, de la siesta, la bota de vino y que era de natural comilón, acabó (por medios que no me caben en el colodrillo) siendo nombrado gobernador de una famosa ínsula (Barataria, o algo semejante). El hombre se las prometía muy felices en dicha ínsula, pues como gobernador suponía que tendría derecho a todos los placeres del reino, así que se despidió de su adusto jefe y marchó a su nuevo territorio. Pero cuando llegó y fue coronado, descubrió que no todo era como se las había prometido. Pues los malhadados médicos y sirvientes que a todas horas lo atendían, decían que su majestad debía cuidar su salud y dar ejemplo de austeridad al pueblo. Y con dicha excusa, no le dejaban comer más que una pequeña gayofa al día, beber un minúsculo vasito de vino, dormir sólo unas horas y de las mujeres, bueno, de eso mejor no hablamos. El nuevo gobernador se encontraba como prisionero en una jaula de oro, y maldecía las estrecheces en que vivía ahora que era un hombre reputado por el mundo. Lo sorprendente de todo el asunto es que, pásmese vuesa merced, la dieta parecía tener efecto, pues mientras que este hombre (que nunca había sido valiente ni tenido un seso muy despierto) se contuvo de los placeres carnales, resultó ser el gobernado más justo y mesurado del reino. Y hasta sus propios vasallos se asombraban de la cordura de este hombre tan castigado por sus sirvientes en los placeres corporales. Pero todo este asunto no duró demasiado, pues finalmente, una noche, el hombre volvió a coger su borrico, salió del palacio sin decir ni pío y volvió a su sencilla vida de escudero, dejando sus riquezas y toda la reputación del mundo para volver a disfrutar de folgar con su mujer y de llevarse a la boca los terneros que criaban en su pueblo.
En definitiva, señor Héroe a su pesar, me temo que los héroes tan populares como usted están condenados a ser los más castos y desprendidos del mundo para poder mantener su reputación. Pero si está usted cansado de esta vida heroica, tiene usted dos posibilidades: olvidarse de su estatus heroico para irse por ahí a vivir su vida de personaje secundario, o bien cambiarse de cuento y mudarse a la balda inferior, donde están las novelas de Ian Fleming y también un ejemplar de Gargantúa y Pantagruel. (Elija lo que elija, ya sabe usted que tiene mi dirección, así que, bueno, no dude en llamarme, sobre todo los sábados por la tarde, que tengo la noche libre y tal… bueno, ya sabe, mejor le envío luego un privado). En todo caso, ólvidese usted de su mánager Vladimir, pues, si no me equivoco, ese hombre pertenece a la familia Propp, de los Proppdetodalavida, que siempre han sido famososos por querer ponerle reglas a todo, estructurarlo y clasificarlo; unos pesados, en definitiva.
Le deseo buena suerte en su liberación, señor Héroe a su pesar.
Amantísima
Señorita Hobbit